Una bendición y un café

Diez de la mañana. Una cafetería de barrio. Tintineo de platos y cucharillas.

-¡Estate quieta, leñe!- exclamó su madre- Me tienes nerviosa con tanto remover el café.

-Es que está caliente.

-¿Caliente? ¡Pero si llevas una hora para tomártelo! Yo me he tomado un zumo de naranja con un pitufo de mantequilla y jamón cocido en quince minutos. ¡Espero que no tardes lo mismo para hacerlo todo!

Su hija puso los ojos en blanco mientras miraba al techo.

-¿Y qué vas a hacer de comer hoy?

-Lentejas, mama.

-Ten cuidado y que no se te peguen, qué la última vez llegó el olor hasta casa de la señora Fernanda.

-Lo sé, mama.

-Por cierto, ¿has limpiado ya las persianas?

-No, mama.

-¿Que no? ¡Si están negras de hollín!- exclamó la madre mientras sacaba un abanico del bolso y empezaba a agitarlo con mucho teatro- ¿Y qué haces todo el día en casa, si puede saberse?

-Nada, mama. En casa no hago nada- respondió su hija con acidez.

-Si no tuviera esta artrosis, yo misma me subía en una escalera y dejaba las persianas como los chorros del oro. ¡Qué vergüenza, por Dios!

-Vale, mama. Eres la mejor ama de casa, ¿contenta?

-¡Pero bueno! ¿Encima no te puedo decir nada? ¡Un poco de respeto niña, que soy tu madre! Si en mis tiempos mozos hubiese tenido yo la casa tan sucia como la tienes tú... ¡la paliza que me hubiera dado tu padre, que en gloria esté!- gritó ante los gestos de aprobación del resto de mujeres vestidas de negro presentes en el bar- Tu no sabes la suerte que tienes al tener ese marido tan majo que Dios te ha dado. ¡Un bendito!

El cansancio se reflejó en una mirada.

-¿Un bendito?

-Sí, no es muy simpático y tampoco habla demasiado, pero trae un buen sueldo a casa. Además, se porta muy bien contigo y con la niña – afirmó- La quiere con locura y eso que no es su padre.

-Lo que me faltaba por oír. Camarero, la cuenta.

-¿Ya te has enfadado? ¿Por esa tontería?- cuestionó la mujer mientras agitaba aún más rápido el abanico- Desde luego que a la juventud no se os puede decir nada. ¡No tenéis aguante!

-No, mama, no me enfado. Solo tengo prisa.

-¿Prisa? ¿Prisa por qué?

-Porque tengo que ir a limpiar las persianas.

Tras decir esto, la joven se levantó y dejo en la bandeja del camarero que llegaba con la cuenta un billete de cinco euros. Por primera vez en mucho tiempo, su madre se quedó sin saber qué decir. Una mera ilusión.

-¡Oye, que al final no me has contado nada!-gritó la madre a una cola de cabello descuidado- ¡Llámame luego, mi cielo!

De haber sabido que eran las últimas palabras que intercambiaba con su hija en este mundo, la conversación habría sido necesariamente distinta. Un día más tarde, con el corazón roto y con dos ataúdes de distinto tamaño y color por testigos, la mujer tuvo que escuchar el pésame de varias vecinas.

-¡Qué pena más grande, Maruja! ¡Parecía tan majo!- afirmó entre sollozos- ¡Pero si tenía pinta de ser un bendito!

Bailando bajo la lluvia

 

El agua espantaba a las avispas escondidas bajo las hojas de un matorral cercano. Empapado, el rítmico ruido del aspersor se me antojaba irritante. Las palpitaciones de mi corazón aumentaban a medida que la hora se acercaba, jugándome el sincope al todo o nada. De repente, ella llenó el salón con su presencia. Para la ocasión arriesgó con unas asfixiantes mallas negras y su ceñida camiseta de los Rolling Stones. Terminó de descorrer las cortinas, encendió su vetusto tocadiscos y comenzó a bailar como una loca. Como cada martes, la vida volvía a ser maravillosa.

La melodía

Temblaba. Cómo un reo antes de caminar por el patíbulo, su cuerpo se estremecía bajo la parpadeante luz del fluorescente. El lejano ruido de pisadas se hacía cada vez más consistente y cercano. Apartó sin miramientos la cucaracha que se paseaba por el ojal de la cerradura y asomó por allí su ojo izquierdo. A mitad de pasillo, entre claroscuros, se intuía una gruesa figura ataviada con su desgastado delantal de matarife. El susurro de una conocida melodía confirmó la peor de sus sospechas. Al parecer, ahora le tocaba a él. Rebuscó con desespero entre las ropas del jergón algo con lo que poder defenderse. Sólo consiguió rasgar la mugrienta tela y envolverse con ella el brazo para poder, al menos, usarlo de protección ante los mandobles del hacha. No iba a sentarse en un rincón a llorar y, a pesar de los días de ayuno, intentó no sin esfuerzo ponerse en pie. Nunca había sido un cobarde. De repente, el silencio hizo acto de presencia y la puerta se abrió de golpe. La recortada silueta de su asesino se detuvo paciente en el umbral. Y en ese momento supo que no tenía ninguna posibilidad.

No son muchos

 Cristina cerró con fuerza la puerta de su taquilla. Notó como la indignación le recorría el cuerpo como una descarga eléctrica. Era imposible. ¡Con lo cerca que estaban de conseguir resultados!. Cogió su bata, salió del vestuario y con paso firme se dirigió a la quinta planta. Recorrió el hall de la entrada y se fue con decisión hacia el despacho principal, ignorando por el camino las preguntas del secretario. Agarró el pomo de la puerta y, tras darle un empellón a la misma, irrumpió en el despacho.

    • ¿ Cómo te atreves a cancelar el proyecto ? ¡Estamos muy cerca! - bramó Cristina iracunda a un pequeño hombrecillo menudo y con gafas que estaba sentado detrás del escritorio.

    • Tranquilo, Javier – contestó el hombrecillo al tiempo que hacia un gesto con la mano al secretario que estaba detrás de la mujer – Puedes irte. Buenos días, doctora Morales. ¿Qué puedo hacer por usted? - terminó de decir.

    • ¿Y tienes la desfachatez de preguntármelo?¡Impedir que la comunidad cancele el proyecto! Estamos obteniendo muy buenos resultados con las ratas. En 6 meses queríamos empezar a hacer un ensayo clínico con humanos.

    • Yo no he cancelado el proyecto, Cristina. Me he opuesto enérgicamente a la decisión del consejero de salud.

    • Eso seguro. Todos sois iguales. En cuanto os convierten en gerentes os hacéis fríos como el hielo. A saber que te habrán dado a cambio.

    • No he recibido nada. Es más, les he dicho que dimitiría si cancelaban tu proyecto. No me han hecho caso y he presentado mi dimisión.

Ambos se quedaron callados. Tras unos instantes, Cristina habló de nuevo.

    • Lo siento, no lo sabia – se disculpó Cristina - ¡Dios, qué estúpida me siento! 

    • Tranquila, no te preocupes. Yo hubiera reaccionado igual.

    • Y ahora, ¿Qué podemos hacer?

Su interlocutor se encogió de hombros y se quedaron de nuevo en silencio.

Un año exacto después de aquel día, Cristina se estaba terminando de vestir. Hoy sería uno de los días más importantes de su vida. Tomo un café sólo, cogió su portátil y salió de la casa como alma que lleva el diablo.

Entró en el auditorio que estaba lleno hasta la bandera. Numerosos medios de comunicación habían pedido acreditación. Nunca le había gustado hablar en público. Sus manos sudorosas y palpitaciones daban fe de ello. Después de preparar el ordenador se acercó al estrado y comenzó su declaración.

    • Buenos días y gracias a todos por venir. Hoy vengo en representación de todos los investigadores de este proyecto, cuyos grandes resultados han llegado a pesar de la consejería de salud – dijo Cristina ante el murmullo general – Si, han oído bien. A pesar de la consejería de salud de la comunidad porque en el momento clave de la investigación y cuando mejor futuro tenía, el proyecto fue cancelado. Hemos podido seguir gracias a la donación anónima y altruista de un benefactor que desea permanecer en el anonimato.

El murmullo general fue en aumento. Los fotógrafos se pusieron en la primera fila y sacaron planos de los gestos cariacontecidos de la primera plana de políticos que habían acudido a ponerse la medalla.

- Señoras y señores, en España nacen al año más de 400 niños varones con hemofilia. La población de esta enfermedad en el país supera las 8000 individuos. No son muchos, es cierto. Pero para nosotros son demasiado importantes como para dejarlos en la cuneta. Después de años de estudio hemos conseguido erradicar y detener los efectos adversos que tiene la hemofilia en humanos.

Los flashes de los fotógrafos se giraron hacia ella y empezaron a dispararse.

    • Para aumentar las posibilidades de ahondar en esta investigación dentro de unos quince minutos en los principales idiomas estarán disponibles en nuestra web todos los datos. Nuestro benefactor desea que todo el mundo tenga acceso a ellos para que así aumenten las líneas de investigación. Y nosotros, conmigo como jefa de proyecto, estamos radicalmente de acuerdo. Gracias y buenos días – termino de decir Cristina mientras empezaba a recoger el ordenador bajo una nube de preguntas y periodistas a su alrededor.

El sol bañaba su rostro. Miró la placidez del mar en calma mientras saboreaba su tostada de jamón y abría el correo desde su teléfono. Estaba radiante. Desde que acabaran su investigación se habían abierto cerca de 80 líneas de investigación en todo el mundo. Llevaba, desde aquella rueda de prensa, contestando todos los días una media de 180 emails. Era su madre, sólo quería saber como estaba. Después de responderlo, Cristina sonrió. Todo le sonreía y era muy feliz, por no mencionar que su trabajo estaba ayudando a mucha gente. No le podía pedir más a la vida.

Inevitable

  El anciano se detuvo en silencio. Lo soltó todo en el césped y, con el cuidado que requerían sus años, se agachó delante de la lápida. Retiró las marchitas flores que se pudrían en el macetero y las cambió por unas preciosas rosas rojas. Luego, con delicadeza, abrió una gran bolsa de rafia de donde sacó un par de copas y una botella de champán que quedaron en el suelo junto a su viejo maletín de cuero negro. Colocó las copas en el borde de la losa de piedra, abrió el bote que contenía el dorado elixir y empezó a rellenarlas con mimo. Luego, con gesto solemne, cogió una de ellas y, después de hacerla tintinear con su hermana gemela, la vació en su garganta de un sólo trago. A continuación tomó la otra con delicadeza, la levantó en alto y con un golpe firme y seco de muñeca, lanzó con energía su contenido por detrás de su espalda. Lo cierto es que aquello me sorprendió bastante. Al parecer, aquel era un hombre algo supersticioso.

  Después de recoger el brindis y exactamente igual a cómo se saca un conejo de la chistera, un pequeño banco plegable se asomó desde la bolsa. Lo colocó frente a la fría piedra y descanso sobre el su fatigada anatomía. Sin darse un segundo de tregua abrió el maletín y se puso a toquetear algo en su interior. Tenía que reconocer que estaba muerta de curiosidad. El hombre se enderezó y segundos después salí de dudas. Los primeros compases de una conocida canción celta se empezaban a escuchar provenientes de aquella pequeña maleta de cuero. El anciano, sentado y con más ilusión que ritmo, intentaba imitar alguna suerte de baile típico escocés. Sonreí conmovida. ¿Quién era ese hombre y quién sería la persona que estaba en aquella tumba?.

  Diez minutos más tarde, la música se detuvo y el anciano volvió a guardarlo todo. Mientras lo hacia, empezó a charlar de manera animada. Se reía y, de vez en cuando, pasaba la yema de los dedos por las rugosas marcas inscritas en el mármol. Cada vez me sentía más intrigada por saber con quién hablaba aunque lo más probable es que estuviese como una auténtica regadera.

  Por último, se agachó, acercando su desdentada boca al frío mármol y le dio un largo beso. Luego se levantó, recogió la bolsa y el maletín con sus nudosas manos y se marchó con dificultad por el pedregoso camino. Esperé a que se perdiese por el callejón y luego, con profundo respeto, me acerqué a la tumba.

    • "Aquí yace Palmira Rodríguez Lázaro, amada esposa y cariñosa madre. 1955- 1985. Tu marido y tus hijos no te olvidan" – Leí en voz alta, compungida.

Hice cálculos sorprendida. Hacía más de treinta años que aquella mujer estaba descansando bajo tres metros de tierra y aquel viejo todavía no la había olvidado. Para que luego digan que el amor verdadero no existe. Una sombra se movió con agilidad felina en mi espalda.

    • Esto es lo que hace el día cinco de cada mes, todos los meses del año y todos los años sin faltar uno desde que su mujer murió – escuchó decir a una potente voz que provenía de sus espaldas – Sebastian es increíble, ¿No crees? -

Yo asentí distraída. Lo cierto es que estaba conmovida, algo que no era demasiado fácil de conseguir. Había visto muchas cosas en mi dilatada existencia pero esta ha sido, probablemente, una de las más especiales. Una lágrima rodó por mi mejilla.

    • Es un duro trabajo el tuyo, vieja amiga – volvió a decir la voz – Creo que es la hora. Ya sabes que hay que hacer.

Suspiré unos instantes. A veces me odiaba con todo el alma. Me concentré y puse mis largos dedos sobre la fría lápida. Poco después, los recuerdos fueron aflorando en mi memoria. Una cama de hospital. Una mujer dando a luz. Algo sale mal y todo se va al traste. Por la ventanilla del paritorio, el rostro treinta años más joven de Sebastian, se baña en lágrimas. ¡Cómo odio a veces mi trabajo!. De repente, algo me sacó del trance. Una dirección vino a mi de manera clara. Número catorce de la calle Toledo, Quinto B. Con lentitud comencé a alejarme de la tumba y a dirigirme a la dirección que acababa de visualizar. Sería rápida e indolora, eso estaba claro. Aunque me daba mucha pena, yo no podía hacer nada más. Órdenes son órdenes y el no obedecerlas convertiría al mundo en un caos mayor del que ya era. Quien sabe, es posible que hasta se vuelven locos de alegría cuando se vuelvan a encontrar.